Homilía de Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, en la Basílica de Guadalupe, en ocasión de la LXXX Peregrinación a Pie de Toluca al Tepeyac

22
Feb

Muy amados hermanos en el episcopado, Felipe y Maximino, muy queridos hermanos presbíteros, queridos miembros de la vida consagrada, queridos seminaristas, amados hijos de nuestra Iglesia diocesana de Toluca.

Como hijos de nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe, hemos peregrinado una vez más hacia su santuario. Señora nuestra, al llegar hoy al cerro del Tepeyac, nosotros tus hijos, recordamos aquellas palabras que dijiste al indio Juan Diego: “Mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada (NM 26). En esta “casita sagrada”, que es la casa de todos, podemos sentirnos a gusto, libres de percibirnos perdidos. En ella podemos experimentar la proximidad y la intimidad del Dios poderoso; a ella hemos querido entrar quitándonos las sandalias (cfr. Ex 3, 5), para confesar nuestra pequeñez y recuperar el sentido de la sacralidad de la vida humana, de la persona, de los valores esenciales, de la vida de cada uno de los jóvenes de nuestra Iglesia diocesana.

A ti, Virgen Santa, que llevaste en tu vientre al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, y fuiste la Madre que gestó una nueva nación (cfr. Francisco, a los obispos de México), quiero consagrarte a todos los jóvenes de nuestra Iglesia particular de Toluca, y pedirte, que por tu intercesión poderosa, puedan encontrar en tu Hijo la esperanza que les impulse a colaborar en la construcción de una nueva nación y de una Iglesia renovada.

A ustedes, queridos jóvenes, quiero dirigirme de manera especial en este año, y decirles, con las mismas palabras que el Papa Francisco utilizó, en su visita a nuestra patria, que: “Hoy el Señor les sigue llamando, los sigue convocando al igual que lo hizo con el indio Juan Diego. Los invita a construir un santuario «la casita sagrada»… que no es un lugar físico, sino una comunidad, un santuario llamado parroquia, un santuario llamado nación” (Francisco, a los jóvenes en México).

Pero para discernir el llamado de Dios, es necesario que ustedes, queridos jóvenes, se hagan conscientes de la riqueza que representan para nuestra patria y para nuestra Iglesia diocesana, porque son, en palabras del Papa Francisco, la riqueza de México y de la Iglesia. Sin embargo, les advierto, como lo hizo el Papa, que ser la riqueza de esta tierra y de nuestra Iglesia no equivale a decir que son la esperanza, porque la riqueza debe ser transformada en esperanza con el trabajo. Esto significa, amados jóvenes, que es necesario que descubran el valor que tienen como personas, es decir, que sientan que su vida, sus manos, su historia valen la pena. La esperanza nace cuando podemos experimentar que no todo está perdido.

Su esperanza, jóvenes, está amenazada cuando en su familia, en la sociedad, en la escuela, en su grupo de amigos o en la comunidad eclesial les hacen sentir que no importan a nadie. Eso mata, les ha dicho el Papa, y es la puerta de entrada para experimentar un profundo dolor.

Su esperanza está amenazada también cuando les hace creer que sólo tienen valor si poseen dinero para vestir ropa de marca y estar a la moda, o, incluso, para comprar el cariño de los demás.

Amenaza su esperanza la falta de oportunidades para acceder a los estudios de calidad y a trabajos bien remunerados.

Es también una amenaza para su esperanza la presencia de las organizaciones criminales, que siembran el terror y la muerte en la población juvenil, utilizándoles para fines mezquinos, con promesas que no son reales.

La esperanza de ustedes, queridos jóvenes, está amenazada cuando pierden el encanto de caminar juntos, de soñar juntos.

Quiero, con el Papa Francisco, decirles que la base de su esperanza está en Jesucristo, y aunque a veces todo parezca pesado y que el mundo se les viene encima, no se suelten de la mano de Jesús. Si se caen, permítanle a él que los levante; nunca se aparten de él. Con Cristo es posible creer que la vida vale la pena, que vale la pena ser fermento, ser luz, ser sal en medio de los amigos, del barrio, de la comunidad, de la familia. No se dejen excluir, devaluar o tratar como mercancía; tal vez no conseguirán dinero, pero tendrán la experiencia de sentirse amados, abrazados, acompañados.

Cristo que les da la esperanza nunca los invitaría a ser sicarios –mercenarios de ambiciones ajenas–, nunca les mandaría a la muerte. Él los llama amigos y lo que ofrece es vida; una vida en familia, en comunidad, a favor de la sociedad. Nunca dejen la familia, pues, es la base de la construcción de una gran nación (cfr. Ibidem).

Como su Obispo, y con la colaboración de mis hermanos obispos  Felipe y Maximino, quiero ofrecerles, como nos lo ha pedido el Papa Francisco, impulsar la construcción de una comunidad eclesial que sea un verdadero regazo materno, donde ustedes se sientan amados, dónde se sepan comprendidos en lo que buscan.

Invito a toda la comunidad diocesana a asumir con valentía profética el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para nuestra sociedad, comprendida la Iglesia, sin caer en meras condenas genéricas. Contribuyamos, con un serio y cualificado plan pastoral de los decanatos y de las Comunidades parroquiales, a la reconstrucción del tejido social, comenzando por la familia, acercándonos y abrazando las periferias humanas, e involucrando a la comunidad parroquial, las escuelas y las instituciones civiles. Con la fuerza del Evangelio, hemos de evitar que continúen perdiéndose tantas vidas de jóvenes, sea la vida de quienes mueren como víctimas o la de aquellos que, delante de Dios, tendrán siempre las manos manchadas de sangre, aunque tengan dinero miserable y la conciencia adormecida (cfr. Francisco, a los obispos en México).

Quiero decirles a los jóvenes que se sienten llamados al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada o al matrimonio, que seguiremos trabajando en comunión y de manera orgánica, para que en este cambio de época podamos ofrecerles procesos serios de formación integral, que les permitan responder de manera consciente, madura y responsable a su vocación.

Pido a todos los presbíteros, a los miembros de la vida consagrada y a los agentes de la pastoral de adolescentes y jóvenes de nuestra Iglesia diocesana, que revitalicemos esta pastoral, de manera que podamos salir con actitud misionera al encuentro de ellos, en sus diversos ambientes y circunstancias, dedicándoles lo mejor de nuestras capacidades y de nuestros recursos pastorales, para ofrecerles un camino atrayente que los lleve al encuentro con Cristo. Es necesario que con iniciativa y creatividad elaboremos, adaptemos y promovamos itinerarios, procesos, programas y centros de acompañamiento para los jóvenes, donde favorezcamos su formación integral y su espiritualidad, hasta comprometerlos en la construcción de Reino de Dios (cfr. Renueven el espíritu de su mente, 220).

Virgen morena del Tepeyac, esta es nuestra ofrenda, te la presentamos para que la pongas en las manos de tu amado Hijo, Jesucristo. Así nos queremos unir a su ofrenda por nosotros. Confiados en tu poderosa intercesión, ponemos en tus manos, Santa Madre de Dios, estos propósitos de tus hijos, y pedimos tu bendición. Así sea.