MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASIÓN DEL «SEGUNDO COLOQUIO SANTA SEDE-MÉXICO SOBRE LA MIGRACIÓN INTERNACIONAL»

14
Jun

Deseo hacer llegar mi saludo a todos los participantes en este «Segundo Coloquio Santa Sede-México sobre la Migración Internacional», con un particular agradecimiento a los organizadores y relatores. Este encuentro tiene lugar en el 25 aniversario del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos Mexicanos y la Santa Sede. Es, por tanto, una ocasión para fortalecer y renovar nuestros vínculos de colaboración y entendimiento para seguir trabajando conjuntamente en favor de los necesitados y descartados de nuestra sociedad.

En el momento actual, cuando la Comunidad Internacional está comprometida en dos procesos que conducirán a la adopción de dos pactos globales, uno sobre refugiados y otro sobre la migración segura, ordenada y regular, me gustaría animarles en su tarea y en su esfuerzo para que la responsabilidad de la gestión global y compartida de la migración internacional encuentre su punto de fuerza en los valores de la justicia, la solidaridad y la compasión. Para ello, se necesita un cambio de mentalidad: pasar de considerar al otro como una amenaza a nuestra comodidad a valorarlo como alguien que con su experiencia de vida y sus valores puede aportar mucho y contribuir a la riqueza de nuestra sociedad. Por eso, la actitud fundamental es la de «salir al encuentro del otro, para acogerlo, conocerlo y reconocerlo» (Homilía en la Misa para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 14 enero 2018).

Para hacer frente y dar respuesta al fenómeno de la migración actual, es necesaria la ayuda de toda la Comunidad internacional, puesto que tiene una dimensión transnacional, que supera las posibilidades y los medios de muchos Estados. Esta cooperación internacional es importante en todas las etapas de la migración, desde el país de origen hasta el destino, como también facilitando el regreso y los tránsitos. En cada uno de estos pasos, el migrante es vulnerable, se siente solo y aislado. Tomar conciencia de esto es de importancia capital si se quiere dar una respuesta concreta y digna a este desafío humanitario.

Quisiera por último indicar que en la cuestión de la migración no están en juego solo “números”, sino “personas”, con su historia, su cultura, sus sentimientos, sus anhelos… Estas personas, que son hermanos y hermanas nuestros, necesitan una “protección continua”, independientemente del status migratorio que tengan. Sus derechos fundamentales y su dignidad deben ser protegidos y defendidos. Una atención especial hay que reservar a los migrantes niños, a sus familias, a los que son víctimas de las redes del tráfico de seres humanos y a aquellos que son desplazados a causa de conflictos, desastres naturales y de persecución. Todos ellos esperan que tengamos el valor de destruir el muro de esa “complicidad cómoda y muda” que agrava su situación de desamparo, y pongamos en ellos nuestra atención, nuestra compasión y dedicación.

Doy las gracias a Dios por el trabajo y servicio que prestan, y los exhorto a continuar con sus esfuerzos para salir al encuentro de este grito de nuestros hermanos, que nos piden que los reconozcamos como tales y se les dé la oportunidad de vivir en dignidad y en paz, favoreciendo así el desarrollo de los pueblos. Y a todos les imparto la Bendición Apostólica.

Vaticano, 14 de junio de 2018

Francisco