APRENDER A CREER

06
Jul

Reflexión del 8 de julio
XIV domingo del tiempo ordinario
Mc 6, 1-6

Pbro. Francisco V. Romero Velázquez

Contrario a lo que escuchamos la semana pasada, hoy, el pasaje evangélico, nos presenta la incredulidad de los paisanos y parientes de Jesús. Seguramente lo conocían bien, pues se crío entre ellos, lo vieron crecer, lo vieron cuando era niño, cuando jugaba, cuando iba a la sinagoga, cuando convivía con su familia, cuando trabajaba en el taller de Nazaret; ahí llegó Jesús, seguramente para descansar o visitar a su Madre, o a visitar a sus paisanos.

Pudiéramos decir, en un primer momento, que por el tiempo que Jesús vivió en su tierra, en la cual tuvo la oportunidad de crecer y desarrollarse, de trabajar con ellos, de asistir a la sinagoga,  sus parientes y amigos lo conocían; sin embargo no era así; la prueba está en que les costó trabajo aceptarlo y creer en él cuando lo vieron llegar seguramente con sus apóstoles y un buen número de discípulos, reaccionaron como los demás judíos, con mucha incredulidad.

Analizando este pasaje y si lo quisiéramos aplicar a nuestra vida, nos vamos a dar cuenta que está sucediendo exactamente lo mismo; ya que decimos conocer a Jesús, pues nos llamamos católicos, acudimos a misa los domingos, tal vez tengamos mucho o poco conocimiento de Jesús, de su palabra, de su obra, cumplimos con lo que se nos manda a través de los mandamientos, tanto de la Iglesia, como de la ley de Dios; pero la pregunta es: ¿realmente creemos en él?

Hoy en día podemos decir que hay mucha incredulidad, como la hubo en Nazaret, en el tiempo de Jesús;  y una de las razones de esta incredulidad fue y es precisamente de que tengamos la incapacidad de descubrir este gran misterio de Dios entre nosotros; también la incapacidad de acoger y recibir esta gran manifestación del amor de Dios en la vida ordinaria, en los pequeños detalles de nuestra vida. Es por eso que en este tiempo urge aprender a creer en Jesús.