Así inició mi camino con el Señor

31
Ago

 

El camino vocacional está marcado por hechos y personas que, en su momento, expresan el llamado de Dios, en esta ocasión Mons. Maximino Martínez Miranda, Obispo Auxiliar de la Diócesis de Toluca, con motivo de su ¿?– Aniversario de Ordenación Episcopal, nos comparte cómo inició su vida de entrega a Dios en la vocación sacerdotal.

 

Mi familia

 

Nací en San Francisco Soyaniquilpan, Jilotepec, el 29 de mayo de 1951. Doy gracias a Dios que me permitió nacer en una familia católica, soy el número once de trece hermanos, mi papá, me dio muy buen testimonio y ejemplo, un hombre de mucha oración, adorador por cincuenta años; nos fue llevando a la oración, el rosario todos los días; mi mamá me dio ejemplo de lo que es servir, ayudar a los demás, una mujer que siempre, con su sencillez, quiso atender a cualquier persona que pasara por la casa a saludar ofreciéndole un refresco, un taco, una comida, todos los familiares la conocieron, la iban a saludar y nos enseñó a tratar bien a todos.

 

El inicio de la vocación

 

Un sacerdote misionero que estuvo en el rancho, me invitó a entrar al Seminario cuando tuviera un poco más de edad —esto me lo dijo a los cinco años—. Diez años después mi papá me recordó si quería ir al Seminario, pues iba a ir el señor obispo a la fiesta de San Francisco en nuestra parroquia, ahí estuvimos con, Don Arturo Vélez, que le dio mucho gusto que yo quisiera entrar al Seminario, así fue como ingresé en noviembre de 1968, y hasta 1979, que fue mi ordenación sacerdotal.

 

Me impulsó una gran inquietud por apoyar a la juventud, que en esa zona no conocíamos ni que era un seminarista ni cómo se formaba, o qué era un obispo, siempre me tocó ser inquieto, deseaba yo conocer un poquito para compartir con la juventud, cosa que gracias a Dios he logrado hasta ahora, pues soy encargado de los jóvenes de esta provincia, y esa fue una de las primeras inquietudes: dar a conocer el camino de Dios, desconocido para la juventud.

 

El ingreso al Seminario

No estuve muy apegado a la familia, pues teníamos un rancho en Jilotepec, ahí vivimos tres hermanos estudiando y atendiendo un establo, íbamos cada ocho o quince días a visitar a los papás y a la demás familia, aprendimos a vivir solos, a desprendernos de la familia. Al entrar al Seminario, poco a poco fui madurando la vocación y con diferentes signos descubrí que Dios me llamaba a servir más de cerca, y si se puede en la vida consagrada qué mejor, eso me ayudó al entrar al Seminario a desprenderme de mi familia, del lugar y estar en otro lugar.

 

Empezar en el Seminario fue más fácil de lo que me imaginaba, pensaba que iba a ser un lugar de mucha oración, de poca comunicación con los demás, o de poco estudio y fue al revés, fue mucho estudio, más comunicación y también las horas de oración, fue muy especial, tratamos de integrarnos en el estudio y en el deporte.

 

Muchos años fui encargado del basquetbol en el Seminario, visitando varios colegios, desde tercero de secundaria, 33 escuelas formando parte de la liga de basquetbol a nivel municipio de Toluca, gracias a Dios nos llevamos el primer lugar. Éramos un equipo de casi puros seminaristas, pues había uno o dos que se integraban que no eran seminaristas, pero nos veían llegar juntos y eso les causaba admiración, también el hecho de que no nos peleábamos, a veces sufríamos golpes o un fault fuerte, pero nos aguantábamos, y eso hizo que las personas de otros equipos nos admiraran mucho. Estando en tercero de secundaria jugamos con gente un poco más grande, de Comercio y la Normal, nos llevaron unos sacerdotes, entre ellos Miguel Giles y Víctor Sánchez, las personas nos echaban muchas porras, y se acercaban a los sacerdotes para decirles que “qué buenos entrenadores eran”, fue algo muy agradable, que nos estimara mucho la gente de los equipos y los colegios. En etapa de filosofía nos enfrentamos a un equipo en Temas al que  “canasteamos”, y fue tanto su coraje que se salieron de la cancha, en su tierra, con su árbitro, con su gente, entre ellos se pelearon porque no nos podían parar, también en la secundaria No. 3 de Toluca, casi fue similar, fueron las ocasiones que nos ayudaron a conocer a la gente. Un gran recuerdo es que fuimos a la exhibición de la Selección Nacional de Basquetbol y ahí nos entregaron el trofeo que nos dieron.

 

Sus sacerdotes formadores y compañeros

 

Son varios los que recuerdo, entre ellos a Mons. Miguel Giles, muy amigo, a quien pude sustituir como obispo en Ciudad Altamirano; Mons. Felipe Arizmendi, nuestro apoyo vocacional y en orientación espiritual, el padre Juan Quiroz que nos dio clases, Víctor Sánchez, con ellos se sintió una amistad muy cercana.

 

Actualmente, nos reunimos con frecuencia los compañeros que terminamos, los padres Roberto, que está en Ocoyoacác, Jesús Díaz, Eufemio Inclán, José García, Fernando Félix Hernández y José Luis Villavicencio, seguimos reuniéndonos y es algo muy importante, la fraternidad y el apoyo entre compañeros.

 

Las anécdotas del Seminario

 

Trabajamos mucho en la tienda para mejorar un poquito en la venta de cosas, también en el teatro nos tocó hacer los telones con los padres Fernando Arzate y Carlos Ramírez, los tres trabajamos un poquito fuerte en los telones muy grandes para la obra en el teatro Morelos, decíamos: “es cuestión de técnica, nos lo echamos fácil, ¿no?”. Recuerdo una obra en el Aula Magna del Seminario con cinco cambios de telón, inventamos algo con argollas, para dejar caer el telón, enrollarlo y ya quedaban puestos los otros, era muy rápido, y pues todo nuestro dicho era: “cuestión de técnica”, rápido lo haremos.

 

Son tres etapas muy importantes de formación: el área humana en el Seminario Menor; en Filosofía ir madurando un poco más, poder descubrir el desarrollo del razonamiento; y en la Teología la maduración de la fe, cada etapa tiene cosas muy importantes. Estando en Filosofía pensaba a lo mejor salir, trabajé en las vacaciones y varios signos me ayudaron a regresar. No le puse muchas ganas a ese tercero de filosofía, como para salirme, ¡y fue el año en que me dieron el primer lugar! Dije: “si ni estudié, me daba pena pasar por esa medalla”, todavía el día del reparto de premios me salí a dar catecismo, para no presentarme a recoger el premio, y regresé hasta que ya terminaran más tardecito, pero me dieron el premio de manera personal. Y luego el trabajar en las vacaciones como agente de ventas de libros y discos, casi los dos meses, donde también me saqué el primer lugar en ventas, eso me hizo pensar en que materialmente hubiera hecho un gran papel, ganaba buen dinero, vi que sí se podía. Ahí maduré más la vocación, que el Señor me llamaba para otra cosa, y de esa manera regresé a estudiar Teología.

 

Al final, en Teología, me decía mi papá, en diciembre de 1978: “te faltan seis meses, y ¿cuándo se van a ordenar? Siquiera de diáconos”. Le dije: “pues yo creo terminamos, y a lo mejor me salgo un tiempo y luego regreso, pero ya que termine Teología”. Regresamos en enero, y estaba próxima la visita del Papa, “Que haya diáconos”, el obispo y el rector nos invitaron, ojalá y pudiéramos recibir el diaconado, y fue exprés, rápidamente nos ordenaron diáconos para estar cuando el Papa viniera. A los diáconos nos recibió en Guadalajara. Más que el formar la valla y que pasara rosándonos con su capita —porque no podíamos soltarnos de las manos pues se nos venía la gente— recuerdo el hecho de estar muy juntito a él, sentir la presencia de un Dios que ama, que está vivo y camina en su Iglesia. El hecho de tener credencial de medios de comunicación me ayudó mucho porque, en la Basílica,  se me dio la oportunidad de estar con la prensa, me subí a sacar fotografías que aún conservo.