El juicio del Hijo del hombre

02
Dic

2 de diciembre
Pbro. Lic. Alder Juncal Martínez

Cuando mejor se conoce lo que hay en un comienzo insignificante es en su grandioso final, así que, donde mejor podemos saber lo que significa la llegada del Redentor, es en el tiempo del Adviento, en esa preparación para la Navidad; período en el que deseamos recibir al Señor que viene y se nos manifiesta en nuestra carne al nacer; en esa primera venida histórica, lo que se le llama Adviento Natalicio; diferente del Adviento escatológico, de su manifestación en la gloria y majestad al final de los tiempos. Que en realidad se trata, de la consumación de un único Adviento, ya que el Señor siempre está viniendo, constante y continuamente.

El Adviento de la Iglesia no es un mero recuerdo del pasado; sino la entrada de hombres y mujeres, por la fe, la esperanza y la caridad, a aquella evolución que comenzó cuando Dios mismo entró en la historia del mundo y la hizo su propia historia. Dios se ha puesto en camino para estar presente, él está viniendo, está ahí, ha venido ya, pero vendrá y le veremos como el Hijo del hombre, como uno de nosotros. Como uno que ha compartido nuestra vida. Para unos, breve, amarga y oscura, para otros feliz y plena.

Entonces Dios nos interrogará, como Hijo del hombre, sobre nuestra vida. En ese juicio no podremos decir que él, el eterno en la armonía de su infinitud, no puede comprender nuestra vida con sus flaquezas y sus enigmas no resueltos. No sólo comprendió nuestra vida, sino que literalmente la vivió. Él mismo se hizo carne. Quien condenará o justificará nuestra vida no será el Dios lejano, sino el Hijo del hombre. El Dios que es hombre será nuestro juez. ¿Es mejor o es más peligroso ser juzgado por el hombre y no sólo por un Dios, que no ha estado por sí mismo en la historia que él juzga? ¿Quién puede decirlo? El evangelio de este domingo nos lo dice: ¡El Hijo del hombre tiene el juicio!

Pero si nuestro juez ha de ser el Hijo del hombre que es Dios, y si en su permanencia entre nosotros, anduvo por nuestro camino desde el seno de su Madre hasta el seno de la tierra; en tal caso, el rostro del Hijo del hombre, en el que un día leeremos nuestra sentencia, nos está ya mirando ahora misteriosamente desde cada rostro de hombre o mujer; desde el rostro puro de un niño, desde el rostro amargado de los pobres, desde el rostro lloroso de los pecadores y hasta desde el rostro exasperado de los que se llaman nuestros enemigos y adversarios. Un día levantaremos nuestras cabezas y tendremos que mirar a la cara al que vendrá como Hijo del hombre, siendo el Dios eterno. Y desde su rostro nos mirarán todos: todos aquellos con quienes compartimos la vida. Una voz saldrá de aquella boca: “lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos…conmigo lo hicieron”. No olvidemos este mensaje, nosotros que solemos instalarnos confortablemente en nuestro pequeño mundo y nos olvidamos de los demás, queriendo vivir tranquilos y sin mayores aspiraciones, insensibles cerramos los ojos y tapamos los oídos. Dios ama al ser humano y no quiere que se pierda.