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PAPA FRANCISCO

Carta Apostólica Misericordia et misera

Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro
entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11). No podía encontrar una expresión más bella y
coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al
encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia»[1]. Cuánta
piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión
del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos
llamados a seguir en el futuro.

1. Esta página del Evangelio puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que
hemos celebrado en el Año Santo, un tiempo rico de misericordia, que pide ser
siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades. En efecto, la misericordia no puede
ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que
manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la
misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la
lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la
cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece
la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para
comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo. En este relato
evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una
pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón:
allí ha reconocido el deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado
ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, ningún juicio que no esté
marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería
juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a
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