Festejar en familia a la familia

02
Nov

María de los Ángeles Bravo

El mes de noviembre empieza con dos de las festividades más importantes para la familia mexicana: el Día de los Fieles Difuntos y el Día de Todos los Santos.

Los registros nos cuentan que después de la batalla del Monte de las Cruces, el campamento de los insurgentes, comandado por don Miguel Hidalgo disminuyó temporalmente al mínimo porque los soldados pidieron autorización para ir a celebrar a sus difuntos en familia el día 1 de noviembre de 1810.

Con los años se han ido modificando muchas de las costumbres relacionadas con este festejo: ha pasado de los sencillos festejos en el hogar con pan, calaveras literarias y alfeñiques a los coloridos festejos en los panteones con flores y música o, más recientemente, desfiles con catrinas gigantescas, exposiciones en museos y jóvenes caracterizados, por las calles. Es una tradición viva que hunde sus raíces en un valor muy profundo: el amor por nuestros padres y abuelos.

Cuando en esta temporada recibimos la visita de alguien que viene de otro país, es curioso ver la reacción que tienen ante esa tradición tan nuestra “¿Qué les pasa a los mexicanos con el Día de los Fieles Difuntos?”, Octavio Paz se animó a dar una respuesta que leemos repetidamente en esta época: “El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos”.

En realidad, no es una obsesión retorcida con la muerte ni una burla o juego. La fiesta de los Fieles Difuntos es parte de un rito, de una solemnidad hecha cultura en la que, con símbolos muy coloridos y sonoros, recordamos a nuestros parientes que han partido a la Casa del Padre y a los amigos que interceden por nosotros ante Dios, los santos. Las fiestas del 1 y 2 de noviembre están tan arraigadas porque son para festejar en familia a la familia, para recordar lo más valioso que tenemos, para orar por nuestros ancestros y pedir a quienes están en el cielo que sigan velando por los que vamos en camino.