Sexto aniversario del pontificado

12
Mar

Francisco ha vivido y está a punto de vivir meses intensos entre viajes y sínodos. Su sexto año se caracterizó por la plaga de abusos y sufrimientos por algunos ataques internos: la respuesta fue una invitación a volver al corazón de la fe

En el sexto aniversario de la elección, el Papa Francisco vive un año lleno de importantes viajes internacionales, marcados al principio y al final por dos acontecimientos «sinodales»: el encuentro para la protección de los menores que tuvo lugar en el Vaticano el pasado mes de febrero con la participación de los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, y el Sínodo especial sobre la Amazonia, que se celebrará -de nuevo en el Vaticano- el próximo mes de octubre. El reciente viaje a los Emiratos Árabes, en el que el obispo de Roma firmó una declaración conjunta con el Gran Imán de Al-Azhar, ha tenido un gran impacto.

Un documento que se espera que tenga consecuencias en el campo de la libertad religiosa. El tema ecuménico prevalecerá en los próximos viajes a Bulgaria y luego a Rumania, mientras que el viaje deseado, pero aún no oficial, a Japón ayudará a recordar la devastación causada por las armas nucleares como una advertencia para el presente y el futuro de la humanidad que experimenta la «tercera guerra mundial en pedazos» de la que el Papa habla a menudo.

Pero una mirada al año pasado no puede ignorar el resurgimiento del escándalo de los abusos y las divisiones internas que llevaron el pasado mes de agosto al ex nuncio Carlo Maria Viganò, justo cuando Francisco estaba celebrando la Eucaristía con miles de familias en Dublín proponiendo la belleza y el valor del matrimonio cristiano, para pedir públicamente la dimisión del Papa por la gestión del caso McCarrick. Ante estas situaciones, el Obispo de Roma pidió a todos los fieles del mundo que rezaran el Rosario todos los días, durante todo el mes mariano de octubre de 2018, para unirse «en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, pidiendo a la Santa Madre de Dios y a San Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del demonio, que siempre quiere separarnos de Dios y entre nosotros».

Una vez más, el Papa recordó lo esencial: la Iglesia no está formada por superhéroes (ni siquiera superpapas) y no sigue adelante en virtud de sus recursos humanos o estrategias. Sabe que el maligno está presente en el mundo, que el pecado original existe, y que para salvarnos necesitamos ayuda de lo alto. Repetirlo no significa disminuir las responsabilidades personales de los individuos y las de la institución, sino situarlas en su contexto real.